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¡GRACIAS POR SU INTERÉS!

Bienvenido/a a este blog, que nace, con el año 2012, como vehículo para la transferencia y divulgación del conocimiento, particularmente en materia de turismo. Como complemento:

-He aquí el documento resultado de casi cinco años (2010 a 2014, 55 artículos) escribiendo cada mes en HECONOMIA, con análisis y propuestas para el turismo provincial: https://www.dropbox.com/s/oblyls2fi3tov7g/HEconomia_2010_2014_55_articulos.pdf?dl=0

-Los 12 artículos de la sección EL MURO del diario Huelva Información (año 2015): https://www.dropbox.com/s/sqlyhbqu1hc7if1/ElMuro_HI_2015.pdf?dl=0

-Y las múltiples colaboraciones en Hosteltur: https://www.hosteltur.com/comunidad/usuario/vargas

Además, en la siguiente URLs encontrará más, mucho más, sobre mi actividad académica (mi legado): https://padlet.com/alfonsovargassanchez/cvm56nauhvrhsnua

Y lo más importante: ¿aún no conoce Huelva? Descúbrala en el siguiente enlace y en la presentación que sigue: http://www.turismohuelva.org - https://www.dropbox.com/s/8ada1ku91qtoknc/AunNoConocesHuelva.pps?dl=0

lunes, 23 de noviembre de 2015

EL TURISMO EN LA PROVINCIA DE HUELVA: ALGUNOS INDICADORES A OCTUBRE DE 2015






INMIGRACIÓN Y TURISMO

Quisiera dejar aquí constancia resumida de una serie de ideas vertidas en una reciente mesa redonda en la que traté el tema que da título a este post.

Siendo un fenómeno que no es nuevo en absoluto, en estos momentos más que nunca, tras los trágicos acontecimientos de los últimos días (aunque parece haberse olvidado que nuestro 11M fue aún peor en número de víctimas mortales), es trascendental insistir en que no debe establecerse ninguna asociación entre inmigrantes (sean del color, etnia o religión que sean) y terroristas. Porque estos últimos son criminales que hay que llevar ante la justicia para que recaiga sobre ellos el peso de la ley (eso sí, desde una comprensión profunda de las causas de un fenómeno que, por desgracia, no es hoy en día ni puntual ni aislado), pero aquellos hemos de apreciarlos por el trabajo que hacen y su contribución al crecimiento y desarrollo de nuestras comunidades, sabiendo, al mismo tiempo, que es un fenómeno hipercomplejo, por sus muchas aristas.

Vivimos en un mundo caracterizado por la movilidad, la interculturalidad, la diversidad creciente (en las empresas, en los territorios). La colonias de expatriados se multiplican por doquier. Aunque en todo proceso de largo alcance haya momentos de pasos atrás, como puede ocurrir ahora, nos encaminamos hacia un mundo cada vez más abierto y mestizo, con sus pros y sus contras, en el que las sociedades se irán configurando no como un mero agregado de comunidades diferentes, sino como la resultante de la mezcla de las mismas, con sus matices y grados.

La crisis no sólo no ha frenado estos flujos, sino que los ha incrementado e incluso incorporado nuevos orígenes, como en el caso de España, que ha visto incrementar los flujos de salida –ahora de recursos humanos cualificados- y de regreso de inmigrantes a sus países de origen, aunque otros empiezan a llegar a borbotones fruto de los conflictos bélicos que azotan el mundo. En todo caso, la clave suele estar en la creciente desigualdad (de los países o zonas del mundo menos favorecidas respecto de aquellas que gozan de mayor prosperidad), pese a que a veces la macroeconomía diga otra cosa y resulte engañosa en virtud de la falta de equidad en el reparto de la riqueza. Añadamos a este cóctel el “juego” geoestratégico en el tablero de ajedrez mundial de intereses económicos y de poder que deja en un plano secundario (o no considera, sin más) el sufrimiento que puede causar en tantos seres humanos desprotegidos.

La gran y creciente industria que gira en torno a los viajes y el turismo es una prueba de ello, con un pasado que nos muestra la resiliencia de la misma ante episodios catastróficos.

La inmigración genera flujos de ida y vuelta que dinamizan esta industria: inmigrantes que cuando les es posible vuelven a sus comunidades de origen para visitar a familiares y amigos, o esos familiares y amigos que viajan para visitarlos allí donde se encuentren.

La población inmigrante trabaja en el sector turístico, sobre todo en la hostelería, aún con el hándicap de su temporalidad por la estacionalidad que caracteriza a esta actividad. Así, según el informe “OECD Tourism Trends and Policies 2012” presenta a España como el país con más peso de trabajadores inmigrantes en el turismo, concretamente  el 16’15% del total de los empleados por hoteles y restaurantes (ver: http://www.hosteltur.com/127000_espana-pais-ocde-trabajadores-inmigrantes-turismo.html). Y como ocurre en la agricultura, son puestos de trabajo que la población local no gusta o no puede realizar, pese a las altas tasas de desempleo que padecemos, en especial en el sur: paradójico pero cierto. Repárese en que cuanto más diversa es la procedencia de los turistas que recibimos, más diversa ha de ser también la plantilla de las empresas para poder entenderles cabalmente y, a su través, prestarles un servicio percibido como de calidad, de excelencia, personalizado. Por ejemplo, ¿quién mejor puede atender a un turista chino o a un ruso que otro chino u otro ruso?

Por tanto, y pese a las dificultades de integración, resulta que les necesitamos, y por más razones. Por ejemplo, muchos de ellos se convierten en empresarios, también ligados al turismo: comerciantes, guías, receptivos, o prestadores de otro tipo de servicios vinculados a la primera industria nacional. Se trata de personas que observan nuestra realidad con ojos diferentes y que, por ello, pueden ser capaces de identificar oportunidades que para los locales pasan desapercibidas, o simplemente porque estos carecen de la iniciativa emprendedora que toda sociedad moderna necesita para progresar.

Hasta aquí, en suma, nos hemos referido a la inmigración como una manifestación de la globalización dinamizadora de la demanda turística (añado el fenómeno cada vez más extendido de los “global commuters”, o sea, de personas que trabajan en un país y residen en otro), como mano de obra (poco cualificada en general, eso sí) para el sector, particularmente para la hotelería y la restauración, y como emprendedores que multiplican la actividad económica en torno al turista (nacional e internacional) y sus necesidades.

Una inmigración que se integra enriquece a las sociedades de acogida. Para ello hemos de aprender a gestionar la diversidad, y una clave esencial para ello, como señala el Prof. Richard Florida cuando se refiere a las clases creativas, es la tolerancia, que, por supuesto, ha de provenir de ambas partes: unos con voluntad de integrarse (lo que significa respetar las normas de convivencia en la comunidad receptora) y otros con una mentalidad de acogida abierta que haga posible que las ventajas superen a los inconvenientes.

Y las enriquece porque nuestra sociedad padece de muy graves problemas desde una perspectiva de largo plazo, que socavarán nuestro bienestar relativo si no los atajamos a tiempo. En ocasiones carecemos de la luz larga con la que los gobernantes con mayúsculas deben iluminar estos grandes temas, sin dejarse guiar tan sólo por esa luz corta que llega hasta las próximas elecciones, y cómo hay tantas y las campañas electorales son casi permanentes…pues resulta que esos asuntos que requieren ir mucho más allá del cortoplacismo no terminan de abordarse con la seriedad que requieren.

Me refiero, por ejemplo, al envejecimiento galopante de la población consecuencia de una natalidad bajísima: en 2014 fue el país número 184 en tasa de natalidad y el 182 en índice de fecundidad de los 192 países que incluye el estudio que publica DatosMacro.com. Según la OCDE, España es el país con mayor esperanza de vida (se situaba en 2012 en los 82,5 años) y con menor tasa de fertilidad (1,32 hijos por mujer en edad fértil) de la Unión Europea. De hecho, el INE prevé que en 2017, a lo más tardar, entremos en saldo vegetativo negativo (más muertes que nacimientos). Ya antes de la crisis llegamos a ostentar el record de ser el país con menor tasa de natalidad del mundo, y sólo la inmigración nos ha ayudado a rejuvenecer algo nuestra maltrecha demografía. No culpemos, pues, a los inmigrantes: más bien será que algo estamos haciendo mal nosotros.

Y me refiero también al insuficiente espíritu emprendedor, ese empuje que en no pocas ocasiones sí aplican los inmigrantes, aunque sea por necesidad. Si nuestro propio talento se nos está marchando (ojalá no fuera así y pudiéramos retenerlo), necesitaremos talento de fuera.

Para terminar permítanme una referencia a mi tierra, a la provincia de Huelva y su turismo, aunque ya raramente las hago por haber llegado a la convicción de que son semillas que no pueden germinar en la estéril tierra político-empresarial preocupantemente (por su prolongadísimo enquistamiento) dominante, siendo los resultados los que son. Cuando se diseñó la que ya no sabemos si es su marca turística, HUELVA LA LUZ, su significado giraba en torno a una serie de ejes que iban orientados a diversos segmentos del mercado turístico. Parte de ese significado era el de la luz de la modernidad, la de un turismo con valores, humano. Huelva como tierra de paz, de convivencia, de progreso. Huelva como lo que es, como lugar de encuentro de distintas nacionalidades y culturas, ahora y en el pasado, que se convierte en objetivo de reflexión, pensamiento e interpretación artística: se entremezclan nativos de países latinoamericanos, norteafricanos, subsaharianos, del Este de Europa,… La convivencia, armonía,  comprensión y prosperidad son rasgos que se pretendían destacar para mostrar Huelva como tierra de paz, bañada de una luz que posibilita la tolerancia, la apertura y la solidaridad. Ahí quedó, sin interés por su desarrollo y aplicación. También era un guiño para ayudar a atraer esas clases creativas antes referenciadas y tan necesarias en el mundo actual, que nos ayudarían mucho a evolucionar, como agentes dinamizadores del cambio que han demostrado ser. Quizás alguien en el futuro retome la idea, quién sabe.
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Post seleccionado como destacado por Hosteltur.


martes, 17 de noviembre de 2015

EL LENGUAJE IMPORTA

Hace unos días, precisamente en el fatídico 13N, Hosteltur se hacía eco, en una noticia en la que daba cuenta del Congreso Internacional de Turismo Familiar, de las manifestaciones de un destacado responsable público balear, que reproduzco literalmente: "Los niños son trofeos: ilustran el éxito que los padres han tenido en la vida. Y cuando vamos de vacaciones, jugamos a que somos familia y el sector turístico tiene que ayudar con todas sus fuerzas a ese juego, que va muy en serio, tenga éxito".

Aunque quienes estamos en este mundo del turismo podamos entender el sentido de estas afirmaciones, la forma de expresarlas importa. Comparar a los niños con “trofeos”, aunque sea metafóricamente, revela, en el fondo, un sentido materialista tan exacerbado que genera rechazo. Decir que “cuando vamos de vacaciones jugamos a que somos familia”, puede fácilmente interpretarse como que fuera de ese periodo la supuesta familia no es tal, llegando a ofender, aunque, por supuesto, sin intención de hacerlo. Prescribir que “el sector turístico tiene que ayudar con todas sus fuerzas a ese juego” parece revelar un ejercicio de hipocresía.

Yendo de la anécdota a la categoría, la lección es que no todo vale para hacer negocio; existen límites, y la ética es uno de ellos, aunque sea autoimpuesta. Me pregunto en cuantas Escuelas/Facultades de Turismo se estudia esta materia de la ética en los negocios. Como puede imaginar el lector/a, es una pregunta retórica. En lugar de tenerle “miedo”, por las connotaciones de otro tipo que se le pudiera atribuir, debiera ser obligatoria, sobre todo en un mundo cada vez más diverso y multicultural, en la que los gestores privados y públicos se enfrentan con frecuencia a dilemas éticos a los que sólo ellos pueden dar respuesta, esto es, a decisiones que ponen a prueba sus valores y principios, permitiéndoles averiguar qué está por encima de qué, a ellos y a todos los demás involucrados.

El turismo es, obviamente, una actividad económica, pero de ahí a impregnarla de un sentido mercantilista tan extremo hay un trecho. Cierto que esto no es patrimonio ni de la industria turística ni de quienes están en posición de ejercer alguna influencia sobre la misma. Es el mal de un capitalismo sin alma, fuente de muchos de nuestros problemas.

Quienes ostentan una posición de liderazgo (y aún más si es público) tienen que medir sus palabras, por la repercusión y el efecto mimético que generan: el lenguaje importa. La cita que da origen a este post es para recordar y no repetir por desafortunada, dicho con toda humildad y respeto: su autoría no importa.

lunes, 9 de noviembre de 2015

OQUEDAD TURÍSTICA

El turismo de hoy en día está lleno de palabras huecas, sobre las que invito a la reflexión. Déjenme poner algunos ejemplos:

-Sostenibilidad. ¿Puede hablarse de sostenibilidad en un destino en el que el modelo de desarrollo turístico implantado genera un amplio rechazo de la comunidad local? Pues se habla, aunque no se cuente con esas comunidades beneficiarias pero sufridoras a la vez. ¿Puede calificarse como sostenible un modelo como el “todo incluido”, que por tener su mercado prolifera? Pues se califica, aunque el turista no salga del hotel y, por tanto, no puedan ganar todos, los grandes y los pequeños. ¿Hasta qué punto importan estos conceptos en la decisión de compra? Es una cuestión de valores sociales/personales, y ahí encontramos públicos diferentes.

-Experiencias. Se redescubrió la pólvora: es el concepto mágico que ha sustituido al de producto. Seamos más precisos: la diferencia ahora está en la autenticidad de esas experiencias (concepto difícil de definir por su carácter multidimensional, que es contextual, pero muy ligado a la interacción social); en la sofisticación de las mismas; en su capacidad para sorprender, emocionar; en no en pasar por un determinado lugar, sino en que ese destino pase por nosotros y nos deje un poso que nos haga ser un poquito diferentes, que nos haga sentir mejor como persona. Y lo está porque el cliente, con tanta información a su alcance, es quien ahora manda de verdad, y lo exige, y de forma cada vez más personalizada. No vendemos, nos compran: ellos están por encima de nosotros. No basta con “fabricar” lo que sabemos hacer, sino que hemos de reaprender a hacerlo del modo que nos pidan en cada momento y dependiendo de para quién, lo cual exige escuchar con mucha atención y de lo que referimos seguidamente.

-Certificaciones de diverso tipo que burocratizan la gestión y a menudo nos hacen olvidar lo esencial: el cliente, qué estamos vendiendo, en qué nos diferenciamos, lo que significamos para ellos. ¿Hasta qué punto son identificadas e identificables esas certificaciones de calidad, gestión medioambiental, etc. por los clientes? ¿Se usan como reclamo, o son fruto de presiones externas (sean coercitivas, normativas y/o miméticas, como nos enseña la Teoría Institucional) y por tanto una mera condición para obtener legitimidad? ¿Cuál es su efecto en el desempeño de las organizaciones que las han incorporado? Hoy en día, mejor sería centrarnos en lo que se conoce en los seres vivos, y los destinos y las empresas lo son, como resiliencia, es decir, en la capacidad de adaptación a un entorno que, por su dinamismo, exige cada vez en mayor medida de capacidad de aprendizaje, de absorción de nuevas ideas y soluciones, de innovación en suma. Mejor nos iría si lo que certificáramos fuera esa capacidad de resiliencia. Lo demás ya está obsoleto. Es como lo que se decía cuando teníamos que hacer el servicio militar respecto al valor: se le supone.

-Las tecnologías lo invaden todo, pero en realidad sólo son parte de algo mucho más profundo. Como no puede ser de otra manera en el siglo XXI, es una componente muy importante del turismo actual, pero no suficiente; conforman el medio para llegar a unos determinados fines, y para lograrlo necesitamos tener bien clara nuestra identidad como organización, con una misión y visión inspiradoras, estimulantes. De ahí fluye todo lo demás, y a menudo no nos paramos a pensar en ello. Si cometemos ese olvido, las tecnologías también ingresarán en el catálogo de oquedades.

Como dijo Hiparco de Rodas, astrónomo, geógrafo y matemático de la antigua Grecia: “La mayor fortuna es el conocimiento. Todo lo demás puede ser destruido por la mala suerte o las guerras, pero el conocimiento siempre queda”. No seamos tan altivos como para despreciarlo, pues sería lo mismo que despreciar al ser humano.
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